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El Modernismo entre el Amor y el Odio
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Josep M. Huertas Claveria
El crítico de arte Francesc Fontbona cree, con razón,
que el Modernismo se ha ido convirtiendo en "una especie de
palabra mágica dentro de la cultura catalana", y que
"algunos le han acabado concediendo, sin proponérselo,
un carisma especial, como de emblema patriótico, absolutamente
excesivo y desproporcionado" (1). Sin embargo, nos equivocaríamos
si creyésemos que siempre ha sido así, y nos sorprendería
leer artículos de personas juiciosas, como Carles Soldevila,
Josep Pla o Manuel Brunet, en los que exigen, por ejemplo, que se
derribe el Palau de la Música por considerarlo una aberración
arquitectónica. Este ejemplo constituye la punta del iceberg
de una forma de pensar claramente antimodernista que influyó,
de forma decisiva, en el pensamiento catalán entre los años
veinte y los años cincuenta.
En medio de las relaciones de amor y odio desatadas en el transcurso
del tiempo, la historia del Modernismo no siempre es fácil
de datar.
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La
década de los ochenta
Alexandre Cirici Pellicer, historiador y crítico
de arte de gran valía, situaba los inicios del Modernismo
en Cataluña en el periodo comprendido entre 1880 y 1885,
momento en el que se construyeron cinco edificios tan diferentes
como la Casa Vicens, de Antoni Gaudí; el Museo biblioteca
Víctor Balaguer, en Vilanova i la Geltrú, de Jeroni
Granell i Mundet; la Academia de Ciencias, situada en la Rambla
de Barcelona, de Josep Domènech i Estapà; las
desaparecidas Indústries d'Art de Francesc Vidal, obra
de Josep Vilaseca, y la Editorial Montaner i Simón -en
la actualidad Fundació Tàpies-, de Lluís
Domènech i Montaner.
Como decía el arquitecto Oriol Bohigas en un texto
reivindicativo del Modernismo, este movimiento artístico
"tiene en Cataluña una relevancia y una intensidad
tan extraordinarias, y alcanza una personalidad tanto o más
acusada y trascendente que la de los movimientos extranjeros,
en cierto modo paralelos, como fueron el Liberty, el Secession,
el Art Nouveau, el Jugendstil o el Modern Style (2)."
El Modernismo buscaba, por una parte, la modernidad y, por
otra, la regeneración cultural. Un núcleo de
intelectuales que frecuentaba la redacción del semanario
L'Avens fue el encargado de proporcionar contenidos al movimiento.
No se limitaron a potenciar la arquitectura, piedra angular
del Modernismo, sino que estuvieron presentes en la escultura,
la pintura, las artes gráficas, la literatura, el teatro
y en la recuperación de los antiguos oficios artesanales
que tan bien supieron utilizar los grandes arquitectos.
El final del fenómeno se produjo entre 1910 y 1914,
según el catedrático Joaquim Molas; en 1911
para el antes citado Oriol Bohigas; y entre 1909 y 1910 según
la catedrática de historia del arte Mireia Freixa.
En cualquier caso, lo que queda claro es que estuvo presente
en la vida cultural durante una treintena de años,
aunque algunas manifestaciones tardías, como la Casa
Planells, de Josep Maria Jujol (1923-24), sean consideradas
estelas modernistas.
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Bruselas,
Viena, Ålesund
Cuando se viaja por alguna ciudad que vivió también
su momento modernista, es fácil establecer comparaciones,
aunque los estilos sean muy diferentes. Si el Secession vienés
es uno de los que cuenta con una personalidad más marcada,
algunas casas del Art Nouveau de Bruselas podrían transportarse
al paisaje barcelonés. Un caso interesante es la población
portuaria de Ålesund, en Noruega, destruida por un incendio
a principios del siglo XX y construida, como un regalo del káiser
alemán, en tan sólo tres años, entre 1904
y 1907, lo que le confirió un perfil de Jugendstil que,
como conjunto, es realmente único en el mundo. La época
de esta reconstrucción coincide con la de máximo
esplendor del Modernismo catalán, la primera década
del siglo XX.
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Los
promotores
Los hombres y mujeres que hicieron posible el Modernismo formaban
parte de un grupo social privilegiado de fabricantes, inversores,
banqueros y gente recién ennoblecida que se había
enriquecido gracias a la coyuntura de finales del siglo XIX,
según ha escrito Dolors Llopart (3), una coyuntura a
la que no era ajena la repatriación de capitales desde
la isla de Cuba tras la pérdida de las últimas
colonias por parte de España.
La manera más clara que tenían estos burgueses
para distinguirse era encargar un edificio absolutamente nuevo
en el Eixample, que se estaba urbanizando: lo consideraban
un signo de distinción. La admiración o la envidia
por una casa singular, como fue la de la familia Batlló,
reformada por Antoni Gaudí, fue lo que motivó
que Pere Milà encargara la construcción de su
casa al mismo arquitecto y en el mismo paseo de Gràcia;
de ahí nació la Casa Milà, conocida como
la Pedrera. Las instituciones también quisieron levantar
algunos edificios singulares en clave modernista, como el
Hospital de Sant Pau, de Domènech i Montaner, o el
templo de la Sagrada Família, de Gaudí.
Escultores como Josep Llimona, Miquel Blay y Enric Clarasó
destacaron en la realización de estatuas modernistas.
Posiblemente el Desconsol, de Llimona, en la antigua plaza
de armas del Parque de la Ciutadella, y La cançó
popular, de Miquel Blay, que cierra el chaflán del
Palau de la Música, sean dos de las esculturas más
representativas del fenómeno, pero no las únicas.
El propio cementerio de Montjuïc y el de Poblenou (*)
son un escaparate constante.
Pintores como Ramon Casas y Santiago Rusiñol fueron
la punta de lanza del Modernismo en su arte, y un café
como Els Quatre Gats, habilitado en la planta baja de la Casa
Martí, obra modernista de Puig i Cadafalch, en la calle
Montsió, acogió a aquellos que creían
a pies juntillas en los mandamientos del arte nuevo. Algún
cartel de Picasso no desmerece del calificativo de modernista
que se ganaron los más conocidos de Alexandre de Riquer
y Adrià Gual.
Al igual que los carteles, también destacaban las
portadas de algunos libros, impresos por editoriales como
Montaner i Simón, y revistas como, por ejemplo, Pèl
& Ploma, Joventut, Hispania, Garba, etc. En literatura,
dos de los momentos culminantes del Modernismo escrito se
vivieron con la publicación de Els sots feréstecs,
de Raimon Casellas, y Solitud, de Víctor Català.
La representación en Sitges, en 1897, de La fada, obra
de Jaume Massó i Torrents, director del semanario L'Avens,
significó un hito para el teatro simbolista, que iba
de la mano del Modernismo.
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Las
artes menores
Seguramente el concepto de arte menor sea equivocado,
pero se ha utilizado durante tanto tiempo que sirve para poder
entendernos. Joan Busquets representa, como pocos, ese momento
excelente de recuperación de los oficios. Procedía
de una saga de ebanistas, creó algunos de los muebles
modernistas más valorados en su momento y fue, junto
con el mallorquín Gaspar Homar, una de las máximas
figuras del campo del mueble.
Seria difícil no incluir entre las bondades del Modernismo
los famosos vidrios emplomados de colores. Una obra como las
vidrieras de la Casa Lleó Morera, realizada por la
empresa de Antoni Rigalt (Rigalt, Granell y Cia.), forma parte
de los mejores ejemplos de las artes aplicadas en su momento.
También destacarían los hierros forjados en
el taller Manyach, las cerámicas de la fábrica
Pujol i Bausis, los mosaicos de la Casa Escofet, las joyas
de Lluís Masriera, o los bustos de terracota de Lambert
Escaler.
La difusión del Modernismo estuvo ligada al cambio
de siglo, seguramente por el impacto de la gran Exposición
de París de 1900, y también estuvo vinculada
a un buen momento económico de la burguesía
catalana, que tenía la necesidad de dar personalidad
a la propia vivienda. Era como un triunfo social, y en revistas
como Il·lustració Catalana solían publicarse
ejemplos de las casas nuevas de la burguesía como novedades
positivas del desarrollo urbano.
Otro aspecto no siempre reivindicado, pero importante en
la vida cotidiana, es la introducción de mejoras domésticas,
tales como los cuartos de baño y los lavabos, además
de los mosaicos de la cocina y la extensión del uso
del lavadero. No todos tuvieron la belleza del desván
de la Pedrera, de Gaudí, pero la higiene y la comodidad
agradecieron los avances propuestos por muchos arquitectos
modernistas.
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Decadencia
y reivindicación
El Novecentismo fue virulento con el Modernismo, al que
vino a suceder. Consideraba de mal gusto las representaciones
más llamativas del movimiento ahora denostado, y muchas
tiendas y comercios fueron transformados y reformados con una
forma más austera, discreta y, por qué no decirlo,
aburrida. Disponemos de algunas fotos para saber cómo
eran el cinematógrafo Diorama o el Cafè Torino,
por citar dos de los muchos negocios que pasaron a mejor vida.
Durante muchos años, ni siquiera Gaudí se salvó
del desprecio generalizado y fue necesario esperar para asistir
a su reivindicación. Alexandre Cirici escribía
en 1948: "Cuando preguntamos sobre el Modernismo a personas
que lo promovieron, topamos, salvo en contadas ocasiones,
con las evasivas de la vergüenza, de una especie de arrepentimiento
que querría echar tierra sobre el asunto. En cambio,
cuando hablamos con gente de la generación que no llega
a los 30 años, a menudo encontramos personas que sienten
una gran estima e interés por él (4)."
Pocos textos resultan más reveladores del momento
de posguerra, cuando poco a poco se fue revalorizando el Modernismo.
Esto no impidió que, entre 1966 y 1968, se derribase
la bonita Casa Trinxet, de Puig i Cadafalch, y que fuera necesario
luchar para que no pasase lo mismo con la Casa Serra, también
de Puig i Cadafalch, o con la Casa Golferichs, de Joan Rubió
i Bellvé.
En 1968, con una gran exposición y con la publicación
de Arquitectura modernista, de Oriol Bohigas y Leopold Pomès,
empezaron a volverse las tornas y la estima y el interés
apuntados por Cirici como signos distintivos de las jóvenes
generaciones prepararon el terreno para la recuperación
de un movimiento artístico genuinamente catalán.
El Modernismo había provocado amores y odios que fue
necesario dejar de lado para poder contemplarlo como lo que
es, un gran momento artístico e ideológico.
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NOTAS
(1)
-
FONTBONA, Francesc. “Va existir realment el Modernisme?”. Dins: El Modernisme,
pàg. 45. Lunwerg, 1990.
(2) -
BOHIGAS, Oriol. Arquitectura modernista, pág.
225. Lumen, 1968.
(3)
-
LLOPART, Dolors. “De la forma i de l’ús dels objectes”. Dins: El
Modernisme, pàg. 241. Lunwerg, 1990.
(4)
-
CIRICI,
Alexandre. “El Modernisme vist ara”. Dins: Ariel, núm. 18, pàg.
61. Publicat el 1948.
(*) - Nota del
editor.Para saber más sobre el Modernismo en los cementerios
de Barcelona, ver Barcelona a través de sus cementerios.
Un paseo por el cementerio de Poblenou. Serveis Funeraris de
Barcelona, SA. Ajuntament de Barcelona, 2004. |
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