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Sortim
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 El
diseño modernista hace revivir las artes decorativas
porque la voluntad de los artistas es crear espacios únicos
que integren todas las artes. De hecho, las artes decorativas
se convierten, de alguna manera, en las difusoras del gusto
modernista y transmiten a todo el mundo el nuevo estilo artístico.
El nuevo lenguaje no se limita a las casas burguesas realizadas
por los grandes arquitectos o a las grandes obras públicas,
sino que pastelerías, panaderías, farmacias,
espacios de ocio y bares y restaurantes se decoran de acuerdo
con el nuevo lenguaje y son una muestra de la profusión
de muchos artistas y artesanos anónimos que trabajaron
según las nuevas tendencias. Los espacios más
cotidianos se convirtieron en espacios para disfrutar de la
nueva estética, y algunos han llegado hasta nuestros
días prácticamente intactos. La arquitectura
era la aglutinadora de las artes decorativas, tanto en las
fachadas como en los interiores. Es el momento en el que se
recuperan las técnicas artesanas autóctonas,
uno de los factores que distinguen la decoración modernista
de las diferentes ciudades de Europa en las que se desarrollaron
los distintos movimientos de la corriente Art Nouveau.
Sabemos de la existencia de muchos bares y restaurantes,
desaparecidos en la actualidad, que eran un ejemplo fascinante
del lenguaje modernista como La Lluna o La Buena Sombra.
Para elaborar esta guía hemos seleccionado catorce
bares y restaurantes que se han mantenido prácticamente
intactos desde su fundación o que han sido creados
a partir de la recuperación de elementos modernistas
de otros comercios que estaban destinados a desaparecer
y que nos permiten disfrutar en la actualidad de una atmósfera
de principios del siglo XX. En muy pocos casos se conoce
el decorador o las personas que trabajaron en ellos: el
campo de los decoradores y diseñadores de interiores
de aquel entonces es un ámbito en el que todavía
queda mucho por investigar.
Estos espacios tienen en común el uso de las artes
aplicadas, como la cerámica decorativa en los arrimaderos
o mostradores; los yesos en molduras para decorar, especialmente
los techos; el mármol para barras, zócalos
y arrimaderos; la ebanistería para hacer los aparadores
(mueble en el que se concentra a menudo la decoración
más naturalista); el uso del hierro forjado para
decorar columnas, para las lámparas y los colgadores;
y, por último, las vidrieras en las puertas y ventanas,
que conseguían matizar la luz de los interiores.
Todos estos elementos estaban decorados con motivos naturalistas,
flores y hojas que se entrelazan o líneas sinuosas.
La diferencia entre los distintos establecimientos suele
deberse principalmente a la calidad de los materiales utilizados,
ya que éste era un factor que venía determinado
por el nivel económico y la cultura del propietario.
Aparte de estos ejemplos que les presentamos, si pasean
por Barcelona todavía podrán encontrar bares
que conservan alguna parte de decoración modernista.
Éste es el caso, por ejemplo, de la granja que hay
en la calle Palla número 4, que mantiene la puerta
de madera con decoración floral muy similar a las
que vemos en esta guía, o el Cafè del Centre,
en la calle Girona número 69, con una decoración
sencilla pero también de estética modernista.
Tampoco debemos olvidar que hay otros bares que, aunque
no fuesen concebidos en aquel entonces para ser bares o
restaurantes, cumplen, en parte, esta función: por
ejemplo, la pastelería Escribà, en la Rambla,
cuenta con un espacio reducido para tomar café que
permite contemplar toda la decoración interior de
la tienda; o la cafetería del foyer del Palau de
la Música Catalana que, al estar situada en los bajos
de un edificio obra de Domènech i Montaner, es emblemática
del Modernismo catalán. En este edificio encontramos
también el restaurante Mirador, abierto a finales
de 2004 en una de las zonas de ampliación modernas
proyectadas por Oscar Tusquets, con unas espléndidas
vistas a la fachada lateral del Palau. Otro ejemplo es “La
Pedrera de noche", nombre de las veladas que se organizan
en el edificio de Gaudí en las noches de verano para
combinar una visita al Espai Gaudí con música
en vivo, en su espectacular azotea, mientras se toma una
copa.
Los ejemplos de estos establecimientos nos ayudan a entender
la importancia que tuvo el Modernismo en el uso social del
arte: cómo los maestros de obra, artesanos y diseñadores
supieron aplicar el nuevo lenguaje del Modernismo a los
espacios más modestos de la ciudad; y cómo
supieron también hacer que su oficio destacara entre
las obras creadas por los grandes maestros del movimiento,
como Gaudí, Puig i Cadafalch o Domènech i
Montaner. Entrar en cualquiera de estos espacios es todo
un privilegio.
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Casa Almirall
Bar
Joaquín Costa,
33
Tel.: 93 318 99 17
Horario: todos los días de la semana de 19 a
3h.
El rótulo de Casa Almirall, de vidrio pintado,
nos dice que fue
fundada en el año 1860. Manel Almirall,
miembro de la familia
Almirall, conocida por sus negocios, fue el fundador
de una taberna en la segunda mitad del siglo XIX. El
local contaba con dos partes diferenciadas: una primera
parte, que era la taberna propiamente dicha, y una segunda
parte, que era utilizada como bodega. En el año
1976, el establecimiento pasó a manos de los
actuales propietarios, Ramon Solé y Pere Pina.
La inauguración se celebró el 1 de enero
de 1977, y desde entonces se ha realizado una restauración
en el año 2000 y una segunda obra para habilitar
nuevos lavabos en el año 2001.
De la decoración original, se han mantenido
intactos básicamente la puerta, el mostrador,
el aparador y las lámparas, elementos, todos
ellos, que sobresalen por la riqueza y calidad de
sus materiales. La puerta del bar es bastante sencilla,
ya que, durante gran parte del año, desaparecía
para dar paso a una pequeña cortina que cubría
la parte superior de la entrada y abría el
local a la calle. Las formas de la puerta no muestran
ninguna ornamentación destacada, salvo la sinuosidad
de las líneas que marca la madera.
El mostrador, visualmente imponente, está
realizado con mármol blanco catalán
combinado con mármol italiano de varios colores
en la parte inferior. En uno de los extremos de la
barra destaca una escultura de gran calidad de una
figura femenina, de hierro fundido, que es la imagen
de la musa
de la Exposición Universal de Barcelona celebrada
en 1888. Posiblemente ésta fuera una
pieza decorativa del arranque de la baranda de la
casa que tenía la familia Almirall en la misma
calle. Después del mostrador encontramos un
mueble donde se cobraba —de formas similares
a las del aparador—, que en la actualidad sigue
teniendo la misma función de caja.
También hay que fijarse en el aparador que
hay detrás del mostrador, porque confiere entidad
al establecimiento y quizás sea el elemento
que más se reconoce dentro de un lenguaje modernista.
La decoración viene dada por la propia apariencia
que va adquiriendo la madera, que se curva hacia los
extremos laterales donde se cruza con otras líneas,
y en este punto es donde encontramos mayor concentración
de adornos, porque es el lugar en el que se entrelaza
con una especie de rama con hojas y flores que nace
del extremo del aparador.
Finalmente, hay que prestar atención a la
parte superior de la pared, en la que se ha mantenido,
después de varias restauraciones, una guirnalda
pintada de colores vivos que debía pertenecer
a la decoración original del edificio en el
que se encuentra el bar, un inmueble decorado con
esgrafiados en el exterior.
Actualmente, el establecimiento también cuenta
con dos partes diferenciadas, una primera sala con
las características mesas tipo velador (redondas,
de mármol y con un único pie) que se
encontraban en todos los establecimientos de aquel
entonces, y un segundo espacio más íntimo,
separado por una mampara de vidrio, con luz suave
y butaquitas. La ambientación musical es predominantemente
a base de jazz
clásico, moderno y de vanguardia, una
gran variedad de estilos de la mejor música
instrumental moderna. En definitiva, la Casa Almirall
es un lugar
de encuentro para gente de todas
las edades, para tomar una copa o un tentempié
(su especialidad
son las anchoas).
Esporádicamente, también se celebran
actividades culturales, como ciclos
de cine mudo o
tertulias de diversa índole. Es un espacio
abierto a nuevas propuestas y actividades diversas,
tranquilo punto de encuentro hacia el atardecer, pero
que tiende a animarse hacia la madrugada, aunque siempre
se puede encontrar un lugar más recogido en
el interior.
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Bar Muy Buenas
Bar de copes, menjar i activitats culturals
Carme, 63
Tel.: 93 442 50 53
Horario: de lunes a sábado de 7.30 a 2.30h. Domingos
de 19 a 2.30h.
Los orígenes del Bar Muy Buenas se remontan
a finales del
siglo XIX, cuando fue fundado como granja bar
por un miembro de la
familia Serrano. El establecimiento fue pasando
de padres a hijos durante tres generaciones —fue
bautizado como Bar Muy Buenas en
1928—, hasta que Antonio Serrano lo vendió
en 1996 a Antonio Magaña, actual propietario
del bar, que ha ido devolviendo al local su aspecto
original.
La puerta de acceso al establecimiento deja entrever
sutilmente que se trata de un local diferente, no
porque tenga una decoración exagerada, sino,
precisamente, por la suavidad de unas líneas
onduladas que enmarcan el rótulo y el propio
tirador. El mostrador del bar es el que había
en un principio y ahora ha recuperado su función
original, aunque durante mucho tiempo estuvo situado
en otro lugar del local como elemento decorativo.
Se trata de un mostrador de mármol con un par
de compartimentos que, en su momento, se llenaban
de hielo y servían para mantener las bebidas
frescas, con dos surtidores de agua que ahora han
sido sustituidos por surtidores de cerveza.
En este establecimiento también destaca la
espléndida mampara de pino melis y vidrio
grabado al ácido con motivos florales que,
en su origen, era la puerta entre la tienda de la
granja y el comedor y que hoy separa la zona de la
barra del resto del bar. El área de la barra
sorprende por la exagerada altura del techo, que se
ha conseguido suprimiendo los forjados que sostenían
un altillo que era utilizado como vivienda. En el
espacio interior no se ha conservado prácticamente
ningún elemento decorativo modernista, pero
en el verano de 2001, el señor Magaña
encargó a un pintor argentino la decoración
mural del bar. El resultado, bastante acertado, confiere
un aire de modernidad pero, al mismo tiempo, tiene
un regusto de estilo modernista, al inspirarse en
la sinuosidad de líneas y motivos que se encuentran
en la puerta del local. Las mesas se han pintado siguiendo
el dibujo del mural. El piso de arriba adquiere una
atmósfera especial gracias al balconcillo de
madera —la parte alta de la mampara modernista—
que da al espacio de la barra. En conjunto, el espacio
está decorado
con sencillez y buen gusto, creando un ambiente
confortable y especial, abierto y a la vez acogedor.
Cuando Antonio Magaña compró el negocio,
lo hizo con la intención de que siguiera siendo
un bar pero también con la ambición
de convertirlo en un punto de actividades culturales
diversas: música,
lecturas poéticas (los miércoles
por la noche), espacio
de exposiciones para jóvenes autores y tertulias.
Así pues, el local se caracteriza por un ambiente
joven, principalmente de la ciudad, abierto a todo
el mundo y a nuevas ideas. Pero el Bar Muy Buenas
no sólo es un bar de copas o de cafés,
sino que también ofrece servicio de cocina
a precios muy razonables, con la novedad de acoger
en su carta un importante surtido de platos de diferentes
culturas del mundo. A cualquier
hora del día también podemos
probar una de sus especialidades, las “torrijas
árabes”, o elegir tés o
cervezas de importación de su carta, cada vez
más extensa. A medida que avanza la noche,
los manteles de las mesas desaparecen, la música
se va animando y el Muy Buenas va adquiriendo carácter
de bar nocturno y de punto de encuentro para degustar
su famoso mojito.
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La Confiteria
Bar
Sant Pau, 128
Tel.: 93 443 04 58
Horario: todos los días de la semana de 19 a
2h.
Parece ser que en el espacio que ocupa este bar había
antiguamente una barbería y antes que ésta,
un servicio de berlinas (carros de caballos ligeros).
La familia Pujadas
lo adquirió para convertirlo en una confitería
entre 1912 y
1913, según consta en el dietario del
negocio, que aún se conserva. A partir de entonces
la organización del local fue la propia de una
pastelería: planta baja para la tienda, la vivienda
en el interior y el obrador en el sótano. Estuvo
en funcionamiento durante décadas en manos de
la misma familia hasta que cerró en los años
ochenta, momento en el que el local quedó abandonado
y estuvo en desuso durante muchos años. En 1998
el establecimiento pasó a manos de dos jóvenes
emprendedores, Núria Benet y Curro, que recuperaron
y restauraron toda la decoración y reabrieron
La Confiteria, ahora como bar
de copas y comidas.
En la fachada el local tiene dos puertas de acceso
y tres escaparates
de hierro y vidrio, junto a una decoración
de angelitos de aire novecentista. La decoración
de los escaparates se va cambiando continuamente y,
si un mes muestra libros y fotos antiguas, al mes
siguiente puede exhibir rompedoras composiciones artísticas.
En el interior, todas las paredes están cubiertas
por un aparador de madera con el fondo de espejo o
vidrio al ácido y adornos de tipo geométrico,
en los que predominan las líneas rectas formando
ramos. Este mueble está coronado por unos paneles
curvados rematados con motivos vegetales y con flores
pintadas en su interior. Hay que señalar que
antes de la última restauración, este
aparador, ahora de madera vista, estaba cubierto por
incontables capas de pintura. Por encima del mueble,
hasta llegar al techo, encontramos unas pinturas al
óleo sobre lienzo de paisajes bucólicos
con figuras femeninas. No se ha encontrado ningún
nombre que pudiera indicar quién colaboró
en la decoración del establecimiento.
El mostrador de la antigua confitería tiene
ahora la función de barra. Está prácticamente
intacto, aunque se añadió un zócalo
para darle más altura y se quitaron unos cajones
de vidrio, las bomboneras, por su falta de solidez.
Sobre el mostrador, en medio de la barra, se encontraba
la antigua caja registradora de la pastelería,
y dentro de la vitrina que se conserva se ha instalado
el surtidor de cerveza. Entrando a la derecha, también
se ha mantenido intacta, como elemento decorativo,
la mesa de contabilidad, con una bonita mampara de
vidrio. Actualmente, en el espacio interior, que era
la vivienda y al parecer no tenía ningún
tipo de decoración modernista, encontramos
las mesas en las que sentarse y comer algo. En 1998
fue reformado y decorado de nuevo con un diseño
totalmente contemporáneo que, sin embargo,
consigue armonizar con la atmósfera de la entrada,
a lo que contribuye un sensato aprovechamiento
de los materiales originales: por ejemplo,
las actuales puertas de los lavabos y la cocina son
las que antes cerraban el pasillo de acceso a la vivienda
interior desde la tienda.
La Confiteria destaca, independientemente de su
encanto estético, por su
buena carta de vinos y la calidad de los embutidos,
quesos y patés que ofrece, cuya especialidad
es el foie
de la Marona. El ambiente del local varía
según las horas: por la tarde es frecuentado
por gente que quiere merendar o charlar tranquilamente,
pero por la noche el bar se llena de una clientela
muy diversa que busca tanto estar tomando copas hasta
la madrugada como comer algo ligero al salir de alguno
de los teatros del Paral·lel. Un entorno agradable,
ambientado con una amplia y cuidada selección
de música moderna. El establecimiento también
realiza diversas actividades, acoge exposiciones
cada dos o tres meses y organiza conciertos
dentro del Festival de Jazz de Ciutat Vella.
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Hotel España
Hotel restaurant
Sant Pau, 9-11
Tel.: 93 318 17 58
Horario: todos los días de la semana, de 13 a
16h y de 20 a 24h.
www.hotelespanya.com
“(...) la Fonda España, sita en
la calle Sant Pau, números 9 y 11, cuya decoración
ha sido proyectada y dirigida por el arquitecto D. Lluís
Domènech i Montaner. En el conjunto de esta obra
concebida con inspiración poderosa y belleza
suma se imponen, desde luego, la abundancia y buena
ley de los recursos artísticos que combinan lo
severo y lo delicado, lo grandioso y lo hábil,
el feliz ingenio que ha presidido la elección
de materiales, la agradable armonía de los colores,
la buena disposición de las líneas, la
elegancia de las formas y, por encima de todo, el sólido
talento con el que se ha realizado una obra nueva sin
efectismos, ni exageraciones, ni violencias.”
De este modo se describe en el Anuario Estadístico
del Ayuntamiento de Barcelona de 1904 este local,
propiedad de los señores Rius y Martí,
que ganó
el premio al mejor establecimiento inaugurado en el
año 1903. Y así, con pocas modificaciones,
lo podemos contemplar y disfrutar en la actualidad.
La noticia más antigua que se ha encontrado
hasta el momento sobre la Fonda España parece
indicarnos la fecha de su inauguración. Se
trata de un anuncio en el Diari de Barcelona del 30
de diciembre de 1858 que informa de que “el
primer día de 1859 se abrirá con todo
nuevo este establecimiento”. A partir del año
1863, la Fonda se amplía con los bajos de otro
edificio que hizo construir el propietario, Josep
Colomer. Entre esa fecha y 1903 no tenemos constancia
de que se hagan reformas en el interior del establecimiento.
Los herederos de Josep Colomer fueron los que encargaron
la decoración a
Domènech i Montaner, aunque en 1903
los propietarios ya son Rius y Martí. Desde
entonces ha conservado siempre la misma función,
pero evolucionando con el tiempo y pasando de bar
y fonda a restaurante y hotel. En los años
veinte este local se denominaba popularmente “los
toreros”, porque eran muchos los matadores conocidos
que se hospedaban allí. Durante la Guerra Civil
fue requisado por la CNT
para instalar un hospital. Ya posteriormente,
en el año 1983, el hotel pasó a manos
de la familia Tutusaus. Ellos han sido los que han
recuperado la decoración que en algunas zonas
estaba tapada por obras más modernas o, como
en el caso de la chimenea de alabastro, totalmente
cubierta por pintura negra. Desde octubre de 2004
la propietaria del establecimiento es la sociedad
Hotelcon 96, SL.
No todo el conjunto se ha conservado intacto: la
zona que más ha sufrido ha sido la recepción,
aunque se conserva la puerta de madera original, pero
en el interior el recuerdo es mínimo. A la
izquierda de la recepción se encuentra la sala
Arnau, que también ha sufrido muchas mutilaciones
a lo largo de los años. Esta sala, que fuera
sala de descanso y ahora es bar restaurante, conserva
la espléndida chimenea de alabastro (alimentada
con gas), modelada en 1901 por el escultor Eusebi
Arnau y producida por el taller del escultor
Alfons Juyol
i Bach. Vale la pena fijarse atentamente en
la riqueza de las esculturas que representan las edades
del hombre con figuras femeninas y de un anciano,
y la campana coronada por las armas del emperador
Carlos V de Alemania (Carlos I de Castilla), con la
corona imperial, el águila bicéfala,
las columnas de Hércules y el Toisón
de Oro, con los emblemas de los reinos de León,
Castilla, Navarra y Aragón en el centro. Estos
motivos también los encontraremos en la decoración
de uno de los comedores: las evocaciones
heráldicas son características
en la obra de Domènech i Montaner, que además
de arquitecto, historiador y político, fue
también un destacado heraldista.
La decoración merecedora propiamente del premio
del Ayuntamiento al mejor establecimiento la
podemos encontrar en los dos comedores, que hoy mantienen
su función original. Entrando en línea
recta desde la calle, y después de dejar atrás
la recepción, se encuentra lo que antiguamente
era el comedor de los huéspedes, también
denominado “saló de les sirenes”
(salón de las sirenas), dedicado ahora sobre
todo a banquetes
o cenas de grupo. Lo primero que llama la atención
es el mural pintado de la pared con motivos marinos:
sirenas (con piernas), peces del Mediterráneo,
etc., todo ello sobre un fondo de olas en relieve.
Estas pinturas
a menudo han sido atribuidas al pintor Ramon
Casas.
Debajo de las pinturas, la parte inferior de la pared
está cubierta por un arrimadero configurado
por el entramado de amplias fajas de madera que forman
una cuadrícula, y en los vacíos encontramos
de nuevo escudos de cerámica vidriada que representan
antiguos señoríos aristocráticos.
La sala está cubierta por una claraboya artesonada
que deja entrar sutilmente la luz natural.
El segundo comedor, comunicado con el anterior y
situado a la derecha de la recepción, era y
todavía sigue siendo el restaurante público.
Destaca en él el arrimadero de las paredes,
en este caso de mosaico, que representa diferentes
emblemas, aunque en menor cantidad. Este arrimadero
está coronado por colgadores de madera, más
trabajados que en el anterior comedor, en los que
se combinan motivos vegetales y florales. Todas las
lámparas que encontramos en este comedor corresponden
a la época de la reforma realizada por Domènech
i Montaner: los apliques de las paredes y las lámparas
colgantes, que, en origen, se encontraban en la Sala
Arnau.
En todos los salones se puede disfrutar de un menú
de precio muy asequible, tanto para almorzar como
para cenar, principalmente
de cocina catalana, pero con la flexibilidad
propia de un hotel. Un
espacio abierto a todos, desde la gente que
vive o trabaja en el barrio hasta los visitantes que
se hospedan en el propio hotel. Ahora que se cumplen
más de cien años de la decoración
de la Fonda España todavía podemos comer
disfrutando de un entorno privilegiado y sentirnos
partícipes de un conjunto creado por el gran
maestro del Modernismo, Domènech i Montaner,
donde demostró las enormes posibilidades de
diálogo
entre la piedra, la pintura, la cerámica, el
vidrio, el hierro y la madera.
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London Bar
Bar de copes
Nou de la Rambla, 34
Tel.: 93 318 52 61
Horario: martes, miércoles, jueves y domingos
de 19.30 a 4.30h. Viernes y sábados de 19.30
a 5h.
www.londonbarbcn.com
Josep Roca
i Tudó, nacido en Copons en 1883, llegó
de joven a Barcelona, en donde trabajó como
camarero en varios bares de la ciudad antigua, hasta
que, en 1909, compró un local en el número
34 de la calle Nou de la Rambla (en aquel entonces
la calle se llamaba Conde del Asalto). En él
inauguró un bar al año siguiente (el
23 de junio
de 1910), que decoró con un lenguaje
modernista de talante popular. Se ignora quién
fue el diseñador; únicamente han llegado
hasta nosotros los nombres de algunos de los trabajadores
que eran conocidos y amigos de Josep Roca y que quisieron
participar en la decoración: Pedrerol
como carpintero,
Xampanyer como pintor, y otros ebanistas, marmolistas
y yeseros que formaron un equipo. A la muerte del
fundador, el local pasó a manos de una de sus
hijas, Dolors Roca, y de su marido, Pere Bertran.
La propietaria actual sigue siendo un miembro de la
familia del fundador, su nieta Elionor Bertran, que
se hizo cargo de la dirección del bar en 1976
junto con su marido, José Antonio Alabalá.
A lo largo de los años, el bar ha conservado
su interior. En un primer momento, no todo el local
se utilizaba como bar ni tampoco fue decorado de la
misma manera. La decoración modernista ocupaba
un poco más de la mitad del establecimiento,
y era el bar propiamente dicho: el salón interior,
carente de esta decoración, se destinaba a
actividades artísticas y culturales y, a partir
de la Guerra Civil, fue utilizado como lugar de ensayo
por artistas de circo. Actualmente los dos espacios
están integrados en un único local y
el salón interior cuenta con un escenario
para actuaciones.
La puerta de acceso ya nos indica que se trata de
un bar diferente por todo el enmarcado de madera con
el nombre en el centro. Durante la posguerra el régimen
franquista obligó a castellanizar todos los
nombres catalanes y extranjeros de los establecimientos,
pero el del London no se destruyó, simplemente
se tapó y así se ha podido conservar.
Del interior destaca
el aparador, tan característico en todos
los establecimientos de aquel entonces, con un espejo
de fondo, de líneas curvas entrecortadas por
flores y rematadas por volutas con decoración
vegetal. Toda la madera está pintada de color
crema combinado con el dorado en los adornos y líneas.
Esta misma ornamentación se repite en un arco
que se encuentra en la mitad de este primer tramo
del bar, donde aparece el nombre del local y también
la volvemos a encontrar en la puerta de acceso al
segundo salón, aunque ésta fue realizada
en época más moderna. La primera barra,
la única que había en origen, es de
mármol de colores con flores talladas en la
parte superior, motivo que también aparece
en el arrimadero del primer tramo original del establecimiento.
Desde el primer
momento, el London ha sido frecuentado por
gente del mundo
del circo, ya que en la misma calle estaban
instalados la mayoría de los agentes de circo,
teatro y espectáculos en general de la ciudad.
Además, estaba abierto las veinticuatro horas
del día, con lo que, tarde o temprano, toda
la bohemia de la ciudad se pasaba por allí.
Todos los elementos decorativos conservan el espíritu
de un bar de principios del siglo XX, donde se reunían
jóvenes artistas como Miró, Picasso
o Gaudí, y mucha gente de las artes
y especialmente del circo, recuerdo evocado aún
hoy en día por el trapecio que cuelga cerca
de la entrada.
El London Bar no posee la atmósfera tranquila
de un antiguo café, porque precisamente nunca
lo ha sido, sino que más bien ha sido y sigue
siendo un punto
de encuentro de personas con inquietudes culturales.
En la actualidad, gran parte de la clientela sigue
siendo gente del mundo del arte, en el más
amplio sentido, que va allí a charlar, a escuchar
música o incluso, en alguna ocasión,
a hacer alguna demostración espontánea
en el trapecio. Sus propietarios suelen estar abiertos
a realizar todo tipo de actividades
culturales, desde las tradicionales tertulias
o exposiciones hasta alguna propuesta innovadora.
Pero la actividad más popular en la actualidad,
y desde los años setenta, es la
música en vivo; por su escenario han
pasado artistas tan conocidos como Loquillo, Jarabe
de Palo o la Fundación Tony Manero. Cada día
hay un concierto de algún tipo de música:
desde jazz
hasta canción de autor, pasando por el rock
y el funky (a partir de las 0.30h, con consumición
obligatoria). En su web se pueden consultar los conciertos
del mes.
Se trata de un local muy
relajado a primera hora de la tarde, totalmente
lleno en los conciertos y animado hasta bien entrada
la madrugada. Un ambiente joven, catalán,
pero también muy conocido entre los extranjeros,
abierto a todo tipo de gente, lo que facilita que
cualquier persona pueda encontrarse a gusto en él.
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Grill Room
Bar restaurant
Escudellers, 8
Tel.: 93 302 40 10
Horario: de 13 a 15.45h y de 20 a 23.15h. Cerrado miércoles
y jueves
.
En el año
1902, un turinés llamado
Flaminio Mezzalama abrió dos cafés
en Barcelona: uno en el nuevo eje de la burguesía
local, en el paseo de Gràcia, y otro en el antiguo
núcleo burgués (que entonces ya empezaba
a decaer), en la calle Escudellers. Mezzalama era representante
de los empresarios Martini y Rossi, y fue quien introdujo
el vermut italiano
en Cataluña. Sabemos también que
fue un empresario muy activo en la sociedad civil de
Barcelona: en 1908 era vocal de la Liga de Defensa Industrial
y Comercial.
El café del paseo de Gràcia número
18, hoy desaparecido, se denominaba Cafè Torino
y fue el ganador aquel mismo año —1902—
del premio del Ayuntamiento al mejor establecimiento.
El segundo café, que es el que nos interesa,
todavía está situado en la calle Escudellers
número 8, y parece ser que se llamó
Petit Torino, aunque en las guías de principio
del siglo XX lo denominan Cafè Torino. Ambos
cafés fueron decorados
por Ricard Capmany, aunque la decoración
del de la calle Escudellers era más discreta
que la del del paseo de Gràcia. Gracias al
informe del premio que ganó el conocido Cafè
Torino sabemos cuáles fueron sus colaboradores,
y es de suponer que el mismo equipo habría
decorado el Petit Torino por las similitudes en la
decoración y por la proximidad de las fechas.
Pocos años después, hacia 1910 o 1911,
el Cafè Torino del paseo de Gràcia cerró,
y posiblemente también lo hizo el de la calle
Escudellers, ya que en 1914, según una guía
de la ciudad, el establecimiento se llamaba Oriental
Bar y su propietario era un tal Juan Alamán.
Dos años después, el establecimiento
volvía a cambiar de propietario y adquiría
el nombre que lo ha identificado desde entonces. A
finales de la década de los años veinte,
la familia Bofarull, propietaria del restaurante vecino,
Los Caracoles, adquirió el Grill Room y todavía
hoy sigue siendo propietaria de ambos establecimientos.
El Grill Room ocupa los bajos de un edificio decimonónico
y su fachada está decorada con un revestimiento
de madera que se adapta a los huecos arquitectónicos
del local. Si comparamos imágenes actuales
de la fachada de entrada con imágenes de sus
inicios, podemos observar los discretos cambios que
ha sufrido. Se sigue manteniendo la misma estructura
de un revestimiento de madera con dos
grandes arcadas divididas por un pilar, con
un escaparate coronado por un escudo con un toro rampante.
Las puertas están cerradas con vidrieras en
la parte superior. Los cambios principales son el
rótulo, que en origen estaba pintado y decorado
con motivos florales y ahora muestra unas grandes
letras lineales sobre fondo verde, y los bajos de
los escaparates, que, por las imágenes que
se conservan de ellos, parece ser que tenían
un revestimiento de mármol y en la actualidad
son de madera. Como el establecimiento hace esquina
con el pasaje Escudellers, también en esta
calle encontramos tres arcos, en los que se repiten
los símbolos del vermut Torino y el toro.
De la decoración interior destaca el aparador
que encontramos al entrar, a la derecha, de líneas
sinuosas y con decoración floral en los extremos,
características de principios del siglo XX.
También es de interés la asimetría
de los mostradores: el de la derecha es completamente
liso, sin ningún tipo de ornamentación,
mientras que el de la izquierda está decorado
con aplicaciones de cerámica. También
son dignos de mención los trabajos de forja
de los pilares: en el primero de ellos todavía
se pueden leer las dos iniciales “VT”
(Vermut Torino), enmarcadas por un toro rampante
para recordarnos el negocio de su fundador. Hay otros
elementos que se deben tener en cuenta, como el artesonado
pintado del primer tramo del local o las lámparas
de hierro de las paredes.
Actualmente el espacio se divide en dos partes, una
primera en la que se encuentran las barras y se puede
tomar una copa, y una segunda, construida posteriormente,
destinada a comedor, donde se puede comer a la carta.
La oferta gastronómica del Grill Room hace
honor a su nombre y se basa sobre todo en
platos de carnes con otros ingredientes a la brasa,
aunque también ofrece otros platos
tradicionales de la cocina catalana, junto
con comidas más internacionales. En el corazón
de Ciutat Vella, entre la Rambla y la plaza de Sant
Jaume, este restaurante posee un ambiente
cosmopolita y variado, y, como la mayoría
de los locales de esta zona en los últimos
años, es bastante frecuentado por turistas.
El salón, con capacidad para cincuenta personas,
se puede reservar para celebraciones o para cenas
de grupos, con posibilidad de elegir un menú
de los platos de la carta.
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El Paraigua
Bar cocteleria
Pas de l’Ensenyança,
2
Tel.: 93 302 11 31 i 93 317 14 79
Horario: de lunes a viernes de 9 a 2h, sábados
de 18 a 3h. Domingos cerrado
www.elparaigua.com
El Paraigua es un ejemplo de bar que no es de origen
modernista, sino que se trata de un espacio, abierto
en 1968, que reaprovechó y readaptó toda
la decoración de una
tienda modernista fundada a principios del siglo
XX. Esta tienda, denominada Gallés, se dedicaba
a la venta de paraguas y abanicos, y se encontraba en
la calle Arcs número 5 hasta 1967, momento en
que se decidió derribar el edificio y, por tanto,
se tuvo que trasladar el establecimiento. Las noticias
de que se dispone sobre la tienda son escasas, y aunque
se conoce la fecha de fundación, 1902, se desconoce
quiénes fueron sus responsables. En esta página
reproducimos la antigua fachada.
En el año 1966, el propietario de la tienda
vendió al decorador y escenógrafo
Josep M. Espada la decoración del establecimiento.
Todos los elementos ornamentales fueron desmontados
pieza a pieza y, a partir de aquí, Espada realizó
un nuevo diseño para adaptarlos a un local
más pequeño, cercano a la plaza de Sant
Jaume, destinado a ser un bar. Los hermanos Yagüe
fueron los encargados de restaurar todas las piezas
de madera de boj y adaptarlas estructuralmente a su
nuevo espacio.
Antes de entrar en el establecimiento, lo primero
que destaca es el portal
de acceso, ya que lo que ahora son los paneles
de los dinteles fue, en origen, el rótulo de
la tienda de paraguas (y si miramos con atención,
todavía se puede ver marcado en la madera el
número de la calle en la que se encontraba
la tienda). En otras partes del establecimiento, especialmente
en los paramentos de vidrio, se repite un motivo que
nos recuerda de dónde procede la decoración:
dos paraguas y un abanico.
Toda la ornamentación de origen modernista,
desde la barra hasta el techo, pasando por las lámparas
y los apliques, se encuentra en el primer espacio
del establecimiento, en la planta baja. La parte inferior
de la barra, completamente de madera, se realizó
a partir de los paramentos que coronaban las vitrinas
en las que se colocaban los paraguas. Por otra parte,
para hacer el techo, se aprovecharon las puertas correderas
que cubrían unos cajones en los que se guardaban
los estantes expositores de los abanicos de la tienda.
De igual modo se procedió con los
arrimaderos de las paredes, que, en este caso,
tenían una función similar en origen,
y con todos los marcos
de los espejos que cubren las paredes del bar.
Es decir, se redecoró un espacio de dimensiones
mucho más pequeñas, sobre todo en altura,
con la decoración totalmente desmontada de
la tienda original, por eso se repiten los motivos
en diferentes partes de las paredes o las puertas,
porque las piezas se iban colocando teniendo en cuenta
sus dimensiones para no tener que hacer más
modificaciones de las necesarias.
En la mayoría de las piezas se repiten dos
motivos ornamentales: por un lado destaca una decoración
de líneas onduladas, rematadas en los extremos
con motivos florales, y, por otro, una ornamentación
más naturalista con
entrelazados de flores y hojas. Respecto a
la iluminación, se combinan lámparas
modernistas originales con apliques, algunos diseñados
por el decorador Espada en los años sesenta.
La inauguración del nuevo
bar El Paraigua tuvo lugar el 5 de abril de 1968,
y sus fundadores, junto con el propio Josep M. Espada,
fueron J. M. Segarra y E. Vila Casa. En el año
1969 entró a trabajar J. M. Sánchez,
un andaluz de Cádiz que había llegado
a Barcelona tres años antes; en 1972 ya se
convirtió en socio y a partir del año
1995 y hasta la actualidad es el propietario, junto
con su mujer, Sebastiana Guerrero.
En los años ochenta, se decidió ampliar
el local habilitando un sótano con bóvedas
de origen medieval (parece ser que era la bodega de
un antiguo convento), espacio que acoge una
elegante whiskería coctelería,
ambientada con una cuidada selección de música
clásica. El Paraigua es un
sitio tranquilo para ir a cualquier hora del
día y tomar un café o disfrutar de un
buen cóctel, entre una oferta de una cincuentena,
con o sin alcohol, entre los que encontramos, por
ejemplo, “El Paraigua”: un cóctel
semi preparado a base de cava, tequila, drambuie y
zumos de limón, naranja, piña, melocotón
y grosella. Para los no iniciados, vale la pena dejarse
aconsejar por la profesionalidad del barman que, sin
duda alguna, sabrá encontrar el cóctel
más adecuado para cada situación y momento
del día.
Aunque la especialidad sea la coctelería,
El Paraigua también nos ofrece una amplia carta
de vinos, cavas y licores, así como la posibilidad
de picar algo a cualquier hora del día con
un surtido de productos del país, sencillos
pero de excelente calidad: desde una tortilla de patatas
o un chorizo curado hasta los canapés, que
podemos elegir en la barra. Los menús ofrecidos
con su propia
selección de tapas cuestan entre 35
y 40 € de media, con bebida, postre y café
incluidos.
El Paraigua está abierto a actividades culturales:
el sótano acoge habitualmente exposiciones
de pintura y, cada lunes
por la noche, se celebran tertulias cuyo programa
se puede consultar en la página web. Asimismo,
está abierto a acoger otras actividades sociales
o pequeñas celebraciones particulares; para
más detalles, contactar con la dirección.
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Molly's Fair City
Pub irlandés
Ferran, 7-9
Tel.: 93 342 40 26
Horario: de lunes a domingo de 19 a 3h.
Paseando por la calle Ferran, al llegar a los números
7 y 9 nos puede sorprender ver a gente tomando una cerveza
en una tienda modernista. Se trata de un pub
irlandés que ocupa dos locales. Uno de
ellos, el número 7, conserva una decoración
interior y exterior de estilo claramente modernista,
lo que no es de extrañar si se tiene en cuenta
que a principios del siglo XX esta calle era una de
las principales vías comerciales de la ciudad.
Por tanto, el Molly’s Fair City no es un bar modernista
propiamente dicho, sino un bar contemporáneo
que ha sido ampliado y unido a un espacio vecino, del
que se han conservado de forma cuidadosa los elementos
de carácter modernista.
Las noticias que tenemos de este espacio se remontan
a finales del siglo XIX o principios del XX. El propietario
del local en 1893
era un hombre de origen francés llamado Marnet,
que regentaba un negocio del que no se sabe con certeza
si era de guantes y complementos o de embutidos. Posteriormente,
el establecimiento fue
una charcutería, abierta por Miquel
Regàs i Ardèvol en
torno a 1910. Esta tienda, que publicaba regularmente
anuncios en la prensa (se conservan algunos de 1913
y 1914), se mantuvo abierta hasta 1922 y parece ser
que en todo aquel periodo de tiempo el señor
Regàs conservó intacta la decoración
interior. El siguiente establecimiento que se abrió
fue una tienda
de objetos de regalo llamada Wolf, a cuyo propietario,
el señor Veciana —nombre por el que también
era conocido el establecimiento—, a menudo se
atribuye erróneamente la decoración
del local. Pero el señor Veciana tan sólo
realizó pequeñas modificaciones: una
reforma en 1979 por la que se reemplazaron las grandes
puertas de acceso por unos escaparates. Las puertas
fueron utilizadas para hacer un armario de exposición
en el interior. El actual propietario del local, un
vienés establecido en Barcelona llamado Michael,
adquirió el local en 1999
y lo restauró
respetando escrupulosamente el original y la reforma
de 1979, y tan sólo alteró una parte
de los arrimaderos.
Antes de entrar tenemos que fijarnos en la fachada
del número 7 (que no es la entrada al bar),
revestida con un
panel de madera pintada que ocupa dos niveles,
planta y altillo, que proporcionan equilibrio y unidad
al conjunto. En la parte superior, el panel enmarca
un pequeño balcón, que destaca por la
barandilla de hierro forjado de forma ondulada y con
motivos florales, similares a los adornos florales
de los dinteles. Los dos paneles laterales de este
altillo adoptan la forma de una elipse y están
enmarcados por molduras de madera curvadas de líneas
onduladas. En todas las imágenes que se conservan
de la fachada, la madera aparece pintada de dos colores,
granate y blanco, pero es posible que originalmente
fueran del color de la propia madera. El rótulo
de la tienda, que hasta hace poco era el del
anterior negocio
Wolf, ha sido sustituido por un anuncio de
la cerveza Guiness.
El interior de esta parte del bar es de dimensiones
reducidas y también está revestido con
madera. Se han conservado los arrimaderos con decoración
floral entrelazada situados en la pared del fondo.
Rompiendo la continuidad del arrimadero, encontramos
un armario de escasa profundidad, con una coronación
de madera del más puro estilo modernista, acabado
con formas onduladas y representaciones florales.
En sus orígenes, esta madera de la coronación
era el marco de unas vidrieras de colores con motivos
florales que no se han conservado. Aunque no conocemos
el nombre de los decoradores, es obvio que los ebanistas
se adscribían al movimiento modernista, marcadamente
influidos por el Art Nouveau internacional, que por
aquella época hacía furor en Cataluña.
El pub irlandés Molly’s Fair City ofrece,
naturalmente, la tradicional cerveza
de su país, pero también se pueden degustar
chupitos de
licor de nombres sugerentes, como el Deep Throat
o el Choc Pop, o el más previsible
Baby Guiness (que, de hecho, no es de cerveza
sino de licor de café y crema de whisky).
El pub posee un
claro carácter internacional y multicultural,
y diariamente se puede escuchar una buena mezcla de
idiomas. Se trata de un local de ambiente cálido
y acogedor, donde, como es evidente, se puede escuchar
música céltica, pero también
pop y rock anglosajón. Podríamos decir
que es un buen lugar para conocer gente y para practicar
idiomas. El personal del bar es mayoritariamente de
origen irlandés o local: un grupo jovial, amable
y políglota acostumbrado a asesorar en cuestiones
básicas de supervivencia a los extranjeros
recién llegados a la Barcelona vieja. La situación
estratégica de este pub irlandés también
convierte inevitablemente a los camareros en objetivo
despiadado de muchos turistas con un mal sentido de
la orientación y escasas habilidades idiomáticas,
un hecho que el personal del Molly’s parece
encajar con cierto espíritu estoico. Como ellos
mismos dicen: “En el Molly’s no hay extraños,
sólo amigos que aún no has conocido”.
Los días de máxima animación
de este establecimiento —aparte, naturalmente,
del 17 de marzo, Saint Patrick’s Day (san
Patricio, patrón de Irlanda)—
suelen coincidir con los grandes acontecimientos
deportivos internacionales, como partidos de
fútbol de la máxima rivalidad, ofrecidos
en directo en sus grandes pantallas de televisión.
También se suelen realizar varias actividades
relacionadas con las fiestas y acontecimientos de
la ciudad de Barcelona, y promociones especiales del
propio local. Se puede reservar el piso superior,
abierto sólo durante los fines de semana, para
alguna celebración particular.
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Cafè de l'Òpera
Café bar
La Rambla, 74
Tel.: 93 302 41 80
Horario: todos los días de la semana, de 9 a
3h.
En el mismo año de la
Exposición Internacional, en 1929, Antoni Dòria
alquiló un local en la popular Rambla del Mig
de Barcelona, justo delante del
Teatre del Liceu, y lo bautizó como Cafè
Restaurant de l’Òpera, haciendo referencia
directa al mismo. Desde entonces hasta ahora, el café
ha estado regentado por la misma familia. El establecimiento
continuó con la función de restaurante
que tenía acogiendo un ambiente bastante selecto,
ya que era conocido por su buena cocina. En los años
cuarenta, debido a la escasez de alimentos de la posguerra,
no pudo seguir ofreciendo una cocina de calidad y se
limitó a ser cafetería.
Este café ocupa lo que anteriormente era una
chocolatería restaurante bastante popular, denominada
La Mallorquina, establecimiento que ya aparece citado
hacia el año 1890. Anteriormente, en 1863, se
encontraba en el mismo lugar la confitería La
Palma. Cuando Antoni
Dòria alquiló el establecimiento,
ya existía prácticamente toda la decoración
que podemos contemplar en la actualidad, que fue encargada
por el propietario de la chocolatería La Mallorquina,
el señor Manuel Docampo, gallego de nacimiento,
y que fue realizada entre 1880 y 1889 por Amigó.
La primera restauración
no se llevó a cabo hasta finales de los años
cincuenta, que consistió en la creación
de una barra siguiendo el modelo original de
un pequeño mostrador que estaba destinado a la
caja registradora y que se encontraba en la entrada
del local. También cambió el mobiliario
que había en origen justo en la entrada del local:
las mesas redondas de mármol (los denominados
veladores) con sillas de mimbre fueron sustituidas en
aquel momento por unas butaquitas tapizadas alrededor
de mesas de madera. Posteriormente, en los años
ochenta, se realizó una segunda restauración,
en este caso de las pinturas y el mobiliario, y otra
vez se cambió y amplió la barra, trabajo
que estuvo a cargo de Antoni Moragas i Spa. En aquel
momento, al restaurar los paneles pintados de las paredes,
se encontró debajo otra decoración totalmente
decimonónica de jarrones con flores, anterior
a la chocolatería La Mallorquina y que se atribuye
a la citada confitería La Palma.
Cuando llegamos al café, lo primero que llama
la atención es la
puerta de acceso principal, un marco de madera
con motivos tallados de temas florales y vegetales
de líneas sinuosas, dentro del lenguaje modernista,
combinados con las dos jambas de mármol en
las que se repiten los mismos motivos. En el interior
nos encontramos con un primer espacio con dos pares
de mesas a cada lado de la sala de modo que se configura
un pasillo central que conduce a la barra, donde el
local se estrecha para pasar, a continuación,
a un amplio salón. Entre ambos espacios había
unas vidrieras cuya función era separar los
dos ámbitos y de las que aún se conservan
los marcos. En 1992
se abrieron dos
salones en el piso superior, con una decoración
decimonónica, fiel al momento de construcción
del edificio.
La estructura del local, visible sobre todo en el
salón interior, se sitúa en el estilo
decimonónico por el uso de las columnas de
fundición
de hierro, con los capiteles alargados, tal
como se utilizaban cuando todavía no había
vigas laminadas para sostener los envigados de madera,
y también por la ornamentación de yeso
del techo con decoración vegetal (palmetas
y flores) y geométrica (rectángulos,
pirámides, etc.). En las paredes se
combinan paneles pintados sobre tela con tres
motivos diferentes: dos de ellos muestran muchachas
en actitudes ingenuas que llevan cestas y flores
en las manos y el tercer motivo es un jarrón
con flores. Todos los paneles están enmarcados
por unas molduras de yeso, pintadas con los mismos
colores verde oscuro y marfil, molduras que también
se encuentran en el techo.
Alternándose con las pinturas, encontramos
unos espejos
con dibujos grabados al ácido que representan
figuras femeninas que, por su indumentaria, parecen
hacer referencia a personajes de varias óperas.
En este caso, son mujeres sensuales, de líneas
sinuosas y con diferentes actitudes más cercanas
a una estética vinculada al lenguaje modernista.
En la parte inferior de estas pinturas y espejos hay
un arrimadero, en la actualidad de azulejos, que anteriormente
era de uralita en el salón interior y de madera
en el de la entrada.
En lo que respecta al mobiliario, en el
primer salón se realizaron modificaciones,
pero no así en el salón interior, donde
se mantienen intactas, aunque restauradas,
las mesas de madera y las sillas Thonet, muy
populares en la época, junto con otras sillas
más modernas, pero también de la firma
Thonet.
Durante todos estos años ha sido sede de
reuniones y charlas de los más diversos personajes
que han vivido o pasado por Barcelona. En la época
republicana (1931-1939) fue punto de encuentro de
políticos de la Lliga y de Esquerra Republicana
(como, por ejemplo, del que más tarde sería
presidente de la Generalitat en el exilio,
Josep Irla) y durante la Guerra
Civil fue popular entre los miembros de las
Brigadas Internacionales. Acabada la guerra,
el local tuvo una época de poco movimiento,
pero se recuperó hacia los años cincuenta
con la llegada del turismo. En los años sesenta
se reavivó su carácter tradicional de
lugar de tertulia y encuentro con parroquianos hoy
bien conocidos, como los escritores Maria
Aurèlia Capmany y Terenci Moix, los
pintores Modest
Cuixart y Joan Miró, y el dramaturgo
y actor Sacha
Guitry. No hay que olvidar que, a lo largo
de su historia, el Cafè de l’Òpera
ha sido un lugar en el que los cantantes acostumbraban
a hacer una parada: Chaliapin,
Toti del Monte, Rosich, Caballé, Carmen Valor,
Luys Santaria y César González Ruano
son algunos de los nombres más conocidos.
Desde entonces y hasta la actualidad el público
que ha frecuentado el Cafè de l’Òpera
ha sido muy variado; es gente que mantiene vivo el
carácter original del establecimiento como
punto de reunión. Una clientela que ahora es
más cosmopolita que en sus orígenes,
de edades diferentes y ambientes diversos, con un
cierto aire informal y bohemio. El establecimiento
es un auténtico
“clásico” de la ciudad,
y no en vano fue proclamado Ramblista
de Honor en el año 1997. Por las mañanas
es más habitual encontrarse con reducidos grupos
de turistas y nativos desayunando y leyendo el periódico
en un ambiente reposado; por las tardes, en cambio,
el local se anima y suele llenarse de catalanes y
extranjeros residentes en un ambiente joven y multicultural.
En el establecimiento podemos degustar
un buen café de su amplia carta, en
la que destaca el café De l’Òpera
(café con mousse de chocolate). Si preferimos
un té, lo podemos escoger entre la treintena
de variedades que se ofrecen. El chocolate
a la taza es también una especial
tradición del local, que, para las horas
más animadas, dispone de una buena selección
de whiskys, vinos y cavas, y cervezas nacionales o
de importación. También podemos comer
algo a cualquier hora del día, principalmente
tapas o raciones de
embutidos y quesos de diferentes orígenes,
bocadillos y especialidades de la temporada, todo
ello a precios razonables.
Asimismo, siguiendo con el carácter del local,
los salones del piso superior se pueden reservar para
tertulias, charlas, presentaciones de libros y pequeñas
celebraciones. La reserva de las salas, con capacidad
para unas quince personas cada una, sólo implica
una consumición obligatoria por parte de los
asistentes.
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Els Quatre Gats
Bar restaurante
Montsió, 3 bis
Tel.: 93 302 41 40
Horario: todos los días de la semana de 9 a 1h.
www.4gats.com
El bar restaurante Els Quatre Gats se encuentra situado
en los bajos de la Casa Martí, el
primer edificio que Josep Puig i Cadafalch proyectó
en Barcelona, en 1896.
La casa es de un estilo claramente neomedievalista o
neogótico, por las arcadas apuntadas y la tracería
ornamental de las aberturas, pero también innegablemente
modernista, por la utilización en su interior
de varias artes aplicadas, como el hierro forjado o
la cerámica.
La Taverna dels Quatre Gats, nombre con el que fue
inaugurada
en el verano del año 1897, atrajo desde
sus comienzos la curiosidad de la gente. Llamaba la
atención la atmósfera de antigua casa
catalana configurada por la elección de los
elementos decorativos: los muebles de madera de nogal,
el mostrador cubierto de cerámica popular catalana,
las vigas de maderas decoradas con sencillez, entre
otros elementos, combinados con aplicaciones de hierro
forjado o vidrieras en las ventanas conferían,
como se comenta en los periódicos de la época,
“un aire artístico al establecimiento”.
Los fundadores
fueron Pere
Romeu y Miquel
Utrillo, hombres de su época que supieron
recrear el
ambiente que habían vivido en París,
y con ello consiguieron acoger
en su local a varios artistas, como Casas,
Rusiñol o Picasso (que hizo su primera
exposición de dibujos en esta taberna), y músicos,
como Albéniz
o Morera. La presencia de estos personajes
sumada a las actividades que se realizaban en el salón
interior, como los espectáculos de sombras
chinescas, de títeres o tertulias, dieron fama
al local de ser un lugar bohemio y punto de reunión
de artistas, idea que perdura hasta nuestros días.
De hecho, la cervecería sólo estuvo
abierta durante seis años: en 1903 cerró
y se convirtió en almacén textil. Hasta
finales de 1988
no volvió a abrirse como establecimiento dedicado
a la restauración y, por insólito que
parezca, el hecho es que se pudo recuperar su interior
porque se habían mantenido intactos los detalles
decorativos. La
familia Ferré fue la encargada de recuperar
el espacio y de devolver a la memoria de todos la
existencia de Els Quatre Gats. Hoy en día,
el establecimiento está a cargo de Josep Maria
Ferré y de su hijo Ivan Ferré.
Els Quatre Gats tiene dos espacios diferenciados.
El primero que se encuentra al entrar es la zona de
cafetería
bar, que es donde propiamente se encontraba
la antigua taberna. Aquí se concentra la decoración
original, mientras que la segunda sala —actualmente
la zona de
restaurante y que, en origen, era la sala para
los espectáculos y exposiciones— se ha
redecorado aplicando motivos del lenguaje modernista,
especialmente en el techo, y conservando también
algunos elementos que fueron realizados cuando este
espacio era un almacén textil.
En el bar se mantiene el arrimadero de cerámica,
los marcos
de piedra de las puertas de acceso a los diferentes
espacios y la barra original cubierta de cerámica
con elementos
florales y geométricos. Únicamente
ha desaparecido una mampara de madera, que podemos
ver en una fotografía antigua que hay del local,
y que hacía las veces de separador entre la
entrada y la barra. La decoración se completa
con reproducciones
de obras de Ramon Casas, Santiago Rusiñol y
Pablo Picasso.
Actualmente, el establecimiento está dedicado
a bar restaurante, especializado en cocina de mercado
e internacional, al frente de la cual se encuentra
el chef Antonio
Cabanas. De vez en cuando, en función
de la temporada, nos podemos encontrar también
que el restaurante celebra una semana
de la cocina dedicada a algún país
en concreto. Los actuales propietarios mantienen viva
una relativa actividad artística que recuerda
sus orígenes. Cada noche, la cena está
amenizada por música de
piano en directo (de 21 a 1 h de la madrugada
en el salón interior) y también, si
la velada se anima, se puede tener la posibilidad
de presenciar la aparición de algún
artista espontáneo. Además, el establecimiento
edita cada día el
boletín 4 Gats. Diari d’Art i
Cultura amb Menú Gastronòmic, que contiene
el menú diario junto con varios relatos y opiniones.
Estas actividades, que se pueden consultar en su página
web, se complementan con el proyecto “Jove Valor”
(joven valor), cuyo propósito es promocionar
a jóvenes artistas y creativos. Si queremos
saber algo más del establecimiento o llevarnos
algún recuerdo, en el propio local se venden
algunos objetos, como juegos de café, camisetas,
el libro del centenario y algún libro de cocina.
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Restaurant Casa Calvet
Restaurante
Casp, 48
Tel.: 93 412 40 12
Horario: de 13 a 15.30h y de 20.30 a 23h.
www.casacalvet.es
Cal reservar taula amb antelació
A finales del siglo XIX, una señora, según
la documentación la viuda de Pere Màrtir
Calvet, y sus hijos encargaron la construcción,
en un solar regular del Eixample, de un edificio que
tenía que ser discreto en la fachada pero con
cierto carácter diferenciador. El arquitecto
que debía llevar a cabo el proyecto no era otro
que Antoni Gaudí,
que obtuvo el primer premio del Ayuntamiento al mejor
edificio construido en 1899, a pesar de tratarse del
primer edificio de viviendas que construía:
“(...) sus líneas generales tanto externas
como internas y sus detalles denotan una personalidad
artística bien definida y un buen gusto y originalidad
que lucen en los alzados y en la disposición
útil de la referida casa”.
A primera vista, la Casa Calvet llama la atención
por su fachada aparentemente muy regular y simétrica,
incluso demasiado simple para ser una obra de Gaudí.
Pero siempre hay que mirar las cosas dos veces: empezando
por la propia coronación de la fachada, resulta
evidente que el protagonismo corresponde a la línea
curva (precedente, en cierto modo, de la Casa Batlló)
y a las artes
aplicadas en los adornos de hierro fundido.
La regularidad también se altera por la alternancia
de balcones de formas rectangulares y circulares,
estos últimos sustentados por ménsulas
esculpidas y por las barandillas trabajadas con hierro
forjado. El elemento principal que destaca es la tribuna
de la planta noble, donde vivían los propietarios,
adornada con trabajos de piedra y aplicaciones de
hierro forjado. Gaudí no sólo realizó
el proyecto arquitectónico, sino que también
quiso controlar todo el diseño
de los interiores, especialmente el mobiliario
de las viviendas y la decoración del
local de los bajos. La ejecución de estos diseños
corrió a cargo de la empresa Casas & Bardés.
En la planta baja, en el espacio que ocupa el restaurante,
se encontraban
las oficinas de la industria textil de los
Calvet y hasta que, en 1994,
se convirtió en restaurante, siguió
siendo sede de oficinas del mismo ramo industrial.
Durante todos esos años el local ha mantenido
inalterado su carácter y decoración.
Uno de los elementos que distinguen al establecimiento
son las mamparas
de pino melis con detalles decorativos vegetales muy
discretos que, antiguamente, separaban los despachos
de la gerencia y la sala de contabilidad del pasillo
de la entrada y que, en la actualidad, acogen salas
reservadas del restaurante. En estos tres espacios
se ha mantenido el arrimadero de madera, una de las
lámparas originales y se ha colocado un mueble
escritorio que se encontraba en otra área de
las oficinas. Con todos estos elementos se consiguen
espacios francamente acogedores y especiales.
La exquisita
armonía del conjunto se ve hábilmente
completada en los detalles:
las vigas, los tiradores, el estucado al fuego de
las paredes, la cenefa decorativa que parece hacer
las veces de ménsula de las vigas, etc. Tal
como explica la directora del restaurante, Pilar Oyaga,
se intenta mantener el espíritu del establecimiento
y, por lo tanto, toda la decoración que se
ha ido añadiendo son piezas de calidad, en
su mayoría originales modernistas. En cambio,
en los baños se ha creado una nueva atmósfera
con la técnica del trencadís (mosaico
realizado con fragmentos irregulares de cerámica),
inspirada directamente en los bancos del Park Güell
y en el espíritu artesanal del Modernismo.
Al fondo del pasillo, después de pasar los
reservados, que se encuentran a la derecha, llegamos
a una sala más amplia protagonizada por un
gran ventanal
que, originalmente, era de vidrio blanco pero
que los propietarios sustituyeron por unas vidrieras
de estilo modernista, una solución que también
aplicaron en otros espacios, como la puerta de entrada
al restaurante y alguna ventana. En este espacio sin
compartimentar destacan tres bancos
de madera, dos de doble cara adosados al muro
perpendicularmente, que también formaban parte
del mobiliario de la oficina y que ahora definen la
distribución de las mesas, creando, de este
modo, un entorno peculiar. Desde esta sala se accede
a una estancia de dimensiones más reducidas
que, al parecer, fue la sala
de juntas del negocio, lo que se deduce de
las fotografías de época y
los muebles originales y podría verse
confirmado por la letra C (de Calvet) que corona la
puerta de acceso. Si prestamos atención, podremos
ver que una de las paredes de esta estancia es ligeramente
cóncava, solución que otorga amplitud
a la sala y que es un sutil recordatorio de la
influencia creativa en las formas y estructuras
que ejerció Gaudí.
El restaurante Casa Calvet destaca en el sector de
la restauración en Barcelona por la excelencia
de los manjares que salen de los fogones, una cocina
de creación de base esencialmente mediterránea.
Partiendo de los recetarios tradicionales clásicos,
su chef, Miguel Alija, crea nuevos platos en los que
pretende, principalmente, respetar y potenciar el
sabor original del producto básico, que es
siempre de temporada, por lo que su carta cambia cuatro
veces al año siguiendo las estaciones naturales.
Aun así, algunos platos siempre están
presentes en la carta, como
el foie, el jamón ibérico o el hígado.
Con esta premisa se experimenta con los sabores y
con frecuencia se sorprende gratamente al cliente
con alguna insólita y exquisita combinación,
como, por ejemplo, el hígado de pato con salsa
de naranjas amargas o el postre de tarta Tatin de
higos con mousse de castaña. Ya sea a la carta
o con el menú de degustación, en Casa
Calvet podemos esperar una comida
de alto nivel (precio medio del cubierto 45-50
€) que puede ir acompañada de alguno de
los vinos de la cuidada y amplia selección
de su bodega. Es necesario reservar mesa con antelación.
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Hotel Casa Fuster
Passeig de Gràcia,132
Tel.: 93 255 30 00
Horario: Cafè Vienès: todos los días
de 9 a 1h.
Restaurant Galaxó: de 13.30 a 15.30h y de 20.30
a 23h.
www.hotelescenter.es/casafuster
Este hotel ocupa la última casa urbana que proyectó
el arquitecto Domènech
i Montaner, la Casa Fuster (1908-1911),
cuya construcción se debió al encargo
de Consol Fabra y Mariano Fuster i Fuster. Se encuentra
situado justo al final del paseo de Gràcia, en
la zona conocida como Els Jardinets, punto de unión
con la antigua villa de Gràcia, donde los propietarios
tenían un terreno con un antiguo edificio, la
Fábrica de Chocolate Juncosa, en el que quisieron
hacerse una nueva casa.
El inmueble, de nueva planta, pese a estar construido
según el lenguaje modernista, muestra cierta
contención y un concepto más austero
en las ornamentaciones. Todos los elementos decorativos
de las diferentes aberturas y de los capiteles presentan
cierta esquematización en los motivos vegetales
y una clara tendencia a las líneas
más planas y geométricas.
En las dos fachadas principales el arquitecto siguió
utilizando elementos
neogóticos y florales, pero destaca,
en la fachada de la calle Gràcia, el modo en
que hace uso de la estructura metálica vista
y de elementos austeros en la decoración, más
característico de sus primeras obras arquitectónicas.
Asimismo, el chaflán cobra protagonismo al
construirse en él un cuerpo cilíndrico
en toda su altura, que nos puede recordar a otras
obras de Domènech i Montaner como el Hospital
de Sant Pau o la Casa Lleó Morera, pero ya
dentro de un carácter abstracto.
Durante muchos años el inmueble fue de viviendas
hasta que en 1962 lo compró la empresa Enher
con la intención de derribarlo y construir
un nuevo edificio para instalar sus oficinas. Gracias
a la opinión popular y a diversos artículos
anónimos aparecidos en la prensa del momento,
el edificio se salvó y años después,
en 1978, se inició una rehabilitación
para adaptar el interior a su nuevo uso y se restauró
el exterior.
Posteriormente, en el año 2000, la empresa
Hoteles Center lo adquirió con la intención
de volver a abrirlo a la ciudad, en este caso como
hotel, después de una larga y costosa rehabilitación
a cargo de la empresa GCA, con los arquitectos Juanpere
y Riu. En todo este proceso
de restauración no sólo se han
respetado todos aquellos elementos
originales de la casa —bóvedas,
columnas, ornamentos—, sino que además
todo el proyecto decorativo realza y da un nuevo valor
a sus espacios. Gracias a todo este esfuerzo ha recibido
la categoría de
hotel de 5 estrellas y gran lujo monumental.
En la planta baja, encontramos el vestíbulo
con la recepción del hotel y el Cafè
Vienès, ambos espacios de acceso libre
y de ambiente selecto, en consonancia con un hotel
de 5 estrellas. El Cafè Vienès —que
recupera el nombre del antiguo café que se
ubicaba en el mismo lugar, de gran popularidad entre
los barceloneses durante los años cuarenta
por ser un espacio de encuentro para las tertulias
y donde eran habituales personajes como el poeta Espriu—
es un espacio diáfano que permite apreciar
las columnas que sostienen unas bóvedas pintadas
con pan de oro. En este establecimiento, con música
ambiental suave, podemos disfrutar de un buen café
o una copa en un ambiente
acogedor y sofisticado a la vez por la presencia
de los motivos modernistas combinados con una decoración
moderna y atrevida de los sofás y las mesas
que compartimentan los espacios.
Asimismo, también en la planta baja, el hotel
cuenta con cuatro salas —“las salas modernistas”—
para reuniones o presentaciones, con una capacidad
de 6 a 10 personas, entre las que destaca la Sala
Fuster, de más capacidad, iluminada por la
luz natural que llega por un patio interior del edificio.
El sótano del edificio, donde antiguamente
se hallaba una sala de baile llamada El Danubio Azul,
se ha convertido en la sala para celebraciones Domènech
i Montaner. Esta sala se encuentra justo debajo del
Cafè Vienès y su estructura es similar:
un espacio abierto sólo alterado por la presencia
de las columnas, que se han conseguido destacar con
un suelo de teselas negras que adoptan una forma circular
y que acaban de hacerlo más acogedor. Su capacidad
es para 160 personas, y pese a que es el comedor en
el que se sirven los desayunos de los clientes del
hotel, pueden realizarse en él, previa solicitud,
diversas celebraciones: bodas, cócteles o cualquier
otro tipo de reunión.
Por último, en la planta noble nos encontramos
con el restaurante
del hotel, cuyo nombre, Galaxó,
hace referencia a la colina en la que Mariano Fuster
tenía una casa en Mallorca. Se trata de una
estancia con
vistas al paseo de Gràcia en la que
las mesas se distribuyen en tres zonas únicamente
separadas por arcadas de piedra que favorecen la intimidad
y dan como resultado espacios amplios pero acogedores.
Es destacable el techo, que, en recuerdo de las bóvedas
de varias salas del edificio, se ha cubierto con un
panel de formas onduladas decorado con pan de estaño.
La capacidad del restaurante es de cuarenta personas,
con acceso libre, previa reserva, para las personas
que no son clientes del hotel. El tipo de cocina que
ofrece es cocina
mediterránea vanguardista, elaborada
y exquisita, con productos frescos y de calidad de
acuerdo con el talante general del hotel.
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Gaudí Garraf
Restaurante
Celler Güell. Ctra.
de Barcelona a Sitges, km 25. Garraf (Sitges)
Horario restaurante: de jueves a sábado de 13.30
a 16 y de 20.30 a 23h. Domingo de 13.30 a 16h. Abierto
todo el año
Tel.: 93 632 01 80
www.gaudigarraf.com
El restaurante Gaudí Garraf está
ubicado en el espacio del conocido Celler
Güell, conjunto de diversos edificios en
el que probablemente intervino
Antoni Gaudí.
En 1882 Eusebi Güell encargó a Gaudí
el proyecto de un pabellón de caza en unos
terrenos que poseía en la zona del Garraf.
Este proyecto no llegó a realizarse, pero posteriormente,
en 1895, se llevó a cabo la construcción
de una bodega (celler) con un proyecto posiblemente
del mismo Gaudí con la colaboración
de Francesc
Berenguer, a quien durante muchos años
ha sido atribuida la obra.
La bodega —construida con piedra local—
es un edificio muy peculiar de forma triangular basado
en el arco parabólico gaudiniano, que utiliza
los muros como cubierta, con dos sótanos y
tres pisos superiores incluida una capilla particular.
En su exterior, que destaca por su
carácter medieval, se observan las chimeneas
con elementos naturalistas propios del arquitecto
y el anagrama de los Güell en los muros.
Asimismo, forma parte del mismo proyecto el pabellón
de la portería, también de piedra y
ladrillo, donde volvemos a encontrar el anagrama de
la familia Güell y donde destaca
la puerta de acceso de hierro de malla.
En el mismo terreno encontramos una atalaya y, junto
a ella, una masía, que también son privadas
y en las que no está permitido el acceso del
público.
Desde 1977
el conjunto pertenece a la familia
Granada, que lo compró al que entonces
era conde Güell. El edificio construido por Gaudí
fue utilizado como casa particular y el resto del
espacio siguió siendo un vivero de champiñones,
labor que se venía llevando a cabo desde hacía
muchos años. En 1994 la misma familia reconvirtió
los espacios en un restaurante:
las dos grandes salas, construidas como fábrica
para el cultivo, se convirtieron en dos grandes salones
restaurante, el Granada y el Garraf, y la planta baja
del edificio de la casa pasó a ser el Salón
Gaudí.
El Salón Granada —con una capacidad
para cuatrocientas personas— se encuentra en
la planta principal y es un espacio compartimentado
por arcadas de medio punto que lo dividen en diversas
naves cubiertas con bóvedas de ladrillo, cada
una con hileras de mesas redondas. Desde este mismo
salón, a través de unas escaleras se
accede a la parte inferior, en la que se encuentra
el Salón Garraf —con capacidad para trescientas
personas—, también distribuido a partir
de pilares que sostienen pequeñas bóvedas
y con una decoración más sobria. Estos
dos espacios están destinados, además
de a restaurante a la carta, a grandes celebraciones
privadas, principalmente banquetes de boda. Ambos
cuentan con una terraza particular para celebrar los
aperitivos independientemente. No obstante, en verano
se sirven cenas en una de estas terrazas, en la llamada
del “violín”, que resulta un lugar
privilegiado por la visión de conjunto que
ofrece.
Fuera de este edificio, que tiene un carácter
más propio de nave industrial, justo cruzando
el camino, nos encontramos con el edificio de aspecto
más artístico. Actualmente habilitado
como restaurante, en el Salón Gaudí
—con capacidad para ochenta personas—
se han mantenido visibles las peculiaridades arquitectónicas
sin añadir ningún accesorio. Destaca
principalmente el espacio triangular muy acusado en
el interior y la forma de las ventanas y de la puerta
de acceso. Los pisos superiores son privados y, por
tanto, no se puede acceder a su interior, aunque siempre
se puede solicitar la utilización de la capilla
superior para celebrar en ella la ceremonia previa
al banquete de boda.
El restaurante ofrece
cocina mediterránea elaborada, únicamente
a la carta pero con unos precios muy razonables equivalentes
a los de los menús de festivos. En ella destaca
la presencia de algunos platos cuyo nombre recuerda
el lugar en el que son preparados, como la ensalada
Gaudí. Asimismo, en el Salón Granada
encontramos a la vista la barbacoa en la que se elabora
toda la carne
a la brasa, uno de sus principales platos,
con la voluntad de dar confianza al cliente.
El trato a los clientes es acogedor y cordial, ya
que todo el conjunto está llevado por la propia
familia Granada, que quiere conseguir un lugar de
encuentro agradable, sencillo y sin prisas en un conjunto
arquitectónico peculiar.
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Pizzeria-Restaurant
Viena
Restaurante
Joan Coromines, 8-10
(Terrassa)
Horario: de 13 a 16h y de 20 a 24h. Todo el año
Tel.: 93 733 63 90
Acceso para minusválidos. Espacios reservados
para fumadores.
El restaurante Viena se encuentra situado en un edificio
de origen industrial
de estilo modernista. En el momento de su construcción,
en 1908,
era la sede de la Societat General d’Electricitat,
que fue fundada en 1896 para producir y suministrar
electricidad. El encargado de su construcción
fue Lluís
Muncunill, arquitecto municipal de Terrassa en
aquella época.
El edificio, construido en ladrillo, es de grandes
dimensiones y consta de dos naves paralelas y rectangulares
cubiertas con bóveda catalana y subdivididas
en siete tramos; al parecer se trata del primer edificio
en el que el arquitecto utiliza el sistema de
bóveda catalana con siete curvas pronunciadas
formando los siete tramos diferentes.
En el exterior del edificio, en la fachada de la
calle Unió, se halla el rótulo realizado
con trencadís (fragmentos irregulares de cerámica)
con el nombre de Societat General d’Electricitat.
En la otra fachada observamos el resto de paramentos,
muy austeros puesto que se trata de un edificio industrial,
que nos indican la estructura interior, ya que se
encuentran subdivididos en siete tramos por la presencia
de las canalizaciones exteriores, con amplios ventanales
en la parte inferior del alzado y conjuntos de tres
ventanas en el piso superior.
Posteriormente, a partir de los
años cincuenta y hasta los años
noventa del siglo XX, el edificio fue utilizado
como centro
de transformación de FECSA, hasta que
lo adquirió la empresa Establiments Viena,
S.A., que inició su restauración respetando
totalmente la estructura original de la fábrica
y siguiendo el estilo modernista en todos aquellos
elementos decorativos que fue necesario incorporar,
como, por ejemplo, las lámparas del piso superior.
Hay que destacar que durante este proceso de restauración
se recuperó una antigua carbonera que pertenecía
al edificio que había en el mismo solar desde
mediados del siglo XIX, el Vapor Busquets, demolido
en 1907, y cuya existencia se desconocía.
El local abrió
al público en
julio de 2000, después de largas reformas,
como Pizzeria-Restaurant Viena y con una capacidad
para 279 personas. Aprovechando las grandes dimensiones
que presenta, el espacio está
dividido en tres plantas. En la planta baja
encontramos mesas en la primera de las naves, y la
cocina y el horno
de leña en el que se elaboran las pizzas
—a la vista de los clientes— en la segunda
nave. Es en esta segunda nave donde se ha construido
un piso superior de estructura vista y abierta al
resto del espacio inferior. En este piso se halla
un espacio
destinado a fumadores. Y, finalmente, en el
sótano se encuentra la carbonera, un espacio
pequeño y acogedor, especialmente reservado
para grupos y donde se ha instalado una exposición
permanente de fotografías antiguas del
edificio y del proceso de rehabilitación, integrando
de este modo el carácter comercial con la difusión
y divulgación del patrimonio industrial.
Dentro del proceso
de rehabilitación del edificio, en la
creación de nuevos espacios se tuvo presente
el origen modernista de la construcción y se
intentó adaptar la obra nueva a este estilo
artístico; así, podemos ver que los
lavabos se han decorado siguiendo el gusto de principio
de siglo, con trencadís y lámparas sinuosas
en consonancia con el estilo modernista.
El restaurante ofrece cocina
casera catalana e italiana —con más
de diez platos para escoger en los entrantes, las
pastas, las pizzas (cocinadas al horno de leña),
y platos de carne o pescado— elaborada en el
propio restaurante. El ambiente que podemos encontrar
es bastante variado, ya que pese a no tener menú,
el tipo de cocina que ofrece y sus precios facilitan
que sea un lugar habitual para las comidas
diarias, pero también un establecimiento
al que acostumbran a acudir familias los fines de
semana y grupos por las noches. Asimismo, se pueden
realizar reservas para actos y celebraciones concretas
destinadas a un máximo de cien personas.
A pesar de no ser un espacio en el que se realicen
actividades diarias de tipo lúdico o cultural,
forma parte de los locales que participan en los acontecimientos
importantes de la ciudad, como, por ejemplo, el conocido
Festival de
Jazz de Terrassa
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BIBLIOGRAFÍA
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- Fontbona, F.: “Obras modernistas”. A: Destino,
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- VILLAR, Paco: Historia y leyenda del Barrio Chino (1900-1992).
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4.- Anuarios:
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña
1901
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña
1903
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña
1905
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña
1907
- Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña
1911
- Anuario estadístico de Barcelona 1901
- Anuario estadístico de Barcelona 1903
- Anuario estadístico de Barcelona 1904
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